Él nos amó primero.
El papa Francisco acuñó un término hermoso al referirse a su llamado a la vida sacerdotal. Afirma que, si nosotros buscamos a Dios, Él nos ha buscado antes; es decir, Dios nos primerea. Dios nos ha salido al encuentro antes de que nosotros lo encontremos a Él.
Del mismo modo,
en el Evangelio y en las cartas de san Juan es recurrente la afirmación que
somos amados primero por Dios, es decir, primereados. Ese amor primero
se manifiesta en el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios;
por lo tanto, el ser humano es pensado antes de su creación para relacionarse
con la Trinidad.
Dios también nos
primereó con la vida: “lo que se hizo [en la Palabra] era la vida, y la vida
era la luz de los hombres” (Jn 1,3); con la luz: “era la luz verdadera que
ilumina a todo hombre” (Jn 1,9); y con la facultad de ser hijos de Dios: “a los
que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12). En
síntesis, Dios es amor y Él nos amó primero (1 Jn 4,8).
A lo largo de su
vida y del desarrollo de su interioridad, la madre María Antonia pudo
comprender y sentirse amada, primereada por Dios. En su vida interior
descubre la obra que la Trinidad realiza en ella y entiende que su
búsqueda-respuesta consiste en amar en correspondencia al amor que Dios le
manifiesta. Jesús se le muestra como un amor infinito y eterno que se entrega a
todos los que responden a su primer amor: “Mi infinito amor es sin tasa para
todos los que me temen y aman de corazón”[1].
Cristo se revela, así como aquel que ha amado tanto que desea ser amado por su
criatura.
Por ello, la
madre comprende que el amor no puede permanecer ocioso, sino que debe salir al
encuentro del prójimo y de Dios en él. Por eso expresa: “el fuego del amor de
Dios y de mis prójimos me consumía la vida”[2],
y también: “no temo a cuantos trabajos me puedan venir por su amor”[3].
El primerear de Dios enciende la caridad en el alma: aquella que al
principio lo buscaba tímidamente, con el auxilio de la Trinidad se enciende de
amor y sale a amar en una íntima unión con Él. Como dice la madre: “Solo con el
amor de Él mismo le puede el alma verdaderamente amar, porque solo Él es digno
de ser amado con su mismo amor”[4].
Ya que Él nos amó primero, Él nos primereó.

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