Construir la paz: La fe debe ser preferida a toda inteligencia.
Presentamos un aporte más de nuestro hermano Benjamín del monasterio de Girardota.
En este tiempo de conversión, de cuaresma, se nos invita a desarmar el corazón para construir la paz; en este sentido, el Papa León XIV nos invita a redescubrir algo profundamente evangélico: sentirnos pueblo. No se trata —como él señala— de un sentimiento nacionalista o agresivo, sino de una comunión donde cada persona encuentra su lugar y su dignidad. Allí, en esa conciencia de pertenecer unos a otros, se encuentra uno de los fundamentos más firmes de la paz.
Para vivir esta realidad es necesaria una mirada de fe. La Venerable María Antonia de Jesús en este sentido enseñaba: “La fe debe ser preferida a toda inteligencia.”[1]
Así mismo, el santo Padre León XIV
recuerda también que el futuro de la humanidad no se asegura con estrategias
militares ni con carreras armamentistas. El verdadero camino es el respeto
entre los pueblos, la fraternidad y el diálogo paciente. En un mundo marcado
por conflictos, su llamado es siempre el mismo: silenciar las armas y recorrer
seriamente el camino de la mediación y del encuentro. Por eso el Papa advierte
con claridad: «El mundo no se salva afilando espadas». No se salva eliminando
al hermano ni alimentando discursos de odio, sino aprendiendo a comprender,
perdonar y acoger. La verdadera paz comienza cuando también desarmamos nuestras
palabras y nuestros corazones.
Pero al contemplar las heridas del
mundo o nuestras propias luchas interiores, fácilmente puede surgir el
desánimo. Frente a esa tentación, la madre María Antonia nos recuerda una
verdad consoladora: “Mire que es de fe que está el Señor con los suyos, y
mucho más cuando están atribulados.”[2]
Cuando los creyentes atraviesan tribulaciones, personales o sociales, la fe nos
asegura que el Señor no abandona a los suyos. Él camina con su pueblo incluso
en medio de la oscuridad. Por eso la Madre María Antonia animaba también a
perseverar con esperanza: “Fíe de Dios, hija, que todo tendrá fin.”[3]
La paz no es una utopía lejana.
Comienza en el corazón de quienes confían en Dios y buscan vivir el Evangelio.
Allí donde hay un corazón que ora, que perdona y que busca el bien del otro, ya
comienza a edificarse un mundo nuevo. En el sentido de sobreponer la fe a toda inteligencia
para alcanzar la paz, la misma Venerable nos deja una certeza que sostiene el
camino cristiano: “No nos falta la divina Providencia y el Señor va en
nuestra compañía.”[4]
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